Mi nombre es Loctho Helfdame, hijo de Landry Helfdame cruzado como yo y hombre de Dios.

Nací hace 21 años en Clarck sede de la orden de "Los espaderos de Clarck" a la cual sirvo.

A los tres años me quedé sin padre debido a una enfermedad que él contrajo en uno de sus muchos viajes fuera de casa, a sus veintisiete años cumplía las órdenes de su señor Arthur, el Superior de la orden, el cual le ordenó que predicara la palabra de Atenea por los hijos de nuestro Diospara que todo el mundo pudiera disfrutar de su doctrina. Lo que hizo que mi padre en una de sus incursiones en las tierras de Rethel siervo del mal y adorador de Dahak con el cual estamos en continua guerra, contrajo una enfermedad fruto de la herida de una flecha lanzada por uno de los secuaces de Ret, que así es como nosotros llamamos a Rethel el Sangriento.

Yo tenía entonces tres años, por lo que apenas lo conocí, aunque conservo de él un recuerdo sagrado. 

A su muerte, Ragnar, obispo de Clarck se apoderó de sus tierras, fechoría que llevó a cabo burlando las leyes y declarando que, dado que mis padres eran primos segundos, sus nupcias eran nulas, Fueron tales las infamias lanzadas por Ragnar que mi madre que se llama Freyda Gros se vio obligada a escapar con mi hermana Synia y conmigo y refugiarse en casa de mis primos de Revor, ciudad situada a unos kilómetros al sur de Clarck. Allí mi madre se casó con mi padrastro, Iven duque de Revor.

Iven ya tenía dos hijos, Maltaf y Soer. Cuando el ejército de Rethel amenazó Clarck, la ciudad santa, Iven, llevándose con él a Maltaf, su hijo mayor, se alistó en las tropas de Arthur con intención de expulsar a los invasores. 

Maltaf se ahogó en el río Tea uno de los más profundos y caudalosos del país, lo que hizo que Iven, se sumiera en la desesperación y se quitara la vida.

Soer no tenía más que doce años en aquella época, pero su tía Drucille, que no quería que la propiedad pasara a manos de mi madre se conchabó con un poderoso obispo de la ciudad para anular el matrimonio y conseguir que la finca pasara exclusivamente a manos de Soer. Así pues, mi madre, mi hermana y yo volvimos a quedar privados del derecho de propiedad y nos vimos reducidos a la condición de huéspedes en nuestra propia casa.

Drucille no se detenía ante nada con tal de perjudicar a mi madre llegó a utilizarla peor aún que a las mismas criadas y en cuanto a mí y a mi

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