hermana, también nos utilizaba para los trabajos que a nuestra corta edad podíamos desempeñar.

Tales eran las penas por las que pasamos que un buen día mi madre tuvo el coraje de abandonar la casa e intentar una nueva vida de nuevo.

Encontramos una pequeña casa abandonada a las afueras de Sirtan al norte de Clark ya en los límites con las tierras de Ret un lugar poco habitado y en el cual la gente era curtida y muy guerrera, resultado de los constantes enfrentamientos con los Rets, así es como llamamos a las tropas de Rethel, las cuales no tienen compasión y les da igual matar a niños indefensos, a mujeres embarazadas, o violar a jóvenes muchachas y luego prender fuego a las casas sin importar quien haya en su interior. También he visto cuerpos de mujeres colgadas por los pechos, o matar a los animales y ponerlos en el curso alto del río o en el interior de los pozos para envenenar las aguas, he visto infinidad de cosas horripilantes las cuales me han curtido la forma de ser que tengo ahora.

Así pues nuestras vidas reemprendían un camino que tiempo atrás ya habíamos caminado.

Con el paso de unos años mi madre que a pesar de contar con treinta y tres años aun conservaba parte de su belleza conoció en Sirtan a Guy Dru, un hombre de cuarenta y siete años con el que descubrió de nuevo el amor. 

Dada su avanzada edad, era un hombre casi inválido. Había conseguido ciertas distinciones en las guerras contra los antecesores de Ret y de él aprendí, siendo niño, las artes de la guerra. Me enseñó el uso de la espada y de la ballesta y también a cabalgar sobre los lomos de cualquier caballo. Tras ver que yo era apto para el manejo de las armas llegó el día en el que Guy me comunicó que ya estaba preparado para alistarme como cruzado en la orden de "Los espaderos de Clarck".

Entré en la orden con la carta de presentación y el orgullo que da el haber sido entrenado por uno de los más reconocidos soldados que han pasado por las filas de la orden, Guy Dru.

Allí aprendí mis habilidades como sacerdote gracias a largas horas de rezo y de meditación, las cuales dieron su fruto con la concesión de algunos conjuros gracias a la mano de Atenea.

Tras cinco años de preparación llegó el día en el que estaba preparado, tanto física como espiritualmente. 

Aún recuerdo la imagen de mi madre llorando de orgullo al verme con la cruz de la orden bordada sobre mi hombro izquierdo y también al ver a su hijo hecho ya un hombre, nunca se me olvidará lo que me dijo: "Hijo

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